miércoles, junio 02, 2010

Sarah Palin: La pura y la puta; dogma, poder y erotismo I

(Destino Manifiesto y Doctrina Monroe vistos desde las piernas, el arco y el trasero de Sarah Palin)

Por Nietzsche Aristófanes (@NietzscheAristo)

Los pueblos, las sociedades diversas, rezuman lo que en sí y de sí mismas, progresivamente, ha incubado y destilado. Y lo drenan como la quintaesencia de su identidad. Inclusive los más consumados productos culturales, las leyes y constituciones más depuradas provienen, digamos, de su néctar cultural. Algo semejante puede afirmarse de los conceptos ideológicos, religiosos, filosóficos o de las categorías artísticas o culturales temporales. Una como condensación se manifiesta en una constante que, aunque comprenda influencias, es esencialmente única en un determinado contexto sociocultural e histórico y por su puesto, geográfico. Afortunadamente para el estudio y conocimiento de tales expresiones, la percepción del sentido de la historia y la valoración sociológica ha proporcionado al arte de la interpretación de una solidez que se ubica más allá de la mera percepción de los sentidos y la simplicidad de la opinión.

La desolada angustia de Enkidú formula en un aliento el voluntarioso y atormentado espíritu mesopotámico. Confirmarse como mortales es el hallazgo que trasmina de su arte, en particular de la considerada primera obra literaria jamás antes concebida como tal: Épica del Gilgamesh. El extraordinario y genial pueblo griego consumó la mayor obra de los tiempos pasados y vigentes: la épica, la poesía, la tragedia, la comedia, la arquitectura, la organización civil y militar, precedida por una concepción cosmogónica ligada a la vida. El Olimpo de la naturaleza que supuso, como consecuencia natural de su proceso de racionalización y hondo socavado, la deposición de los dioses. Les faltó tiempo. La intrusión romana acabó con la mejor tentativa humana de vivir sin dioses. El imperio romano dejó como herencia fundamental una arrogancia cívica y la corrupción rampante de la iglesia católica y sus ejecutores mundiales. El judaísmo, el sectarismo racial sionista y sus derivados. El islamismo, el petrificado fanatismo fundamentalista. El Renacimiento, el boato, el eco que ambiciona la posibilidad de un retorno a la antigüedad. La ruptura luterana-calvinista: El irascible y airado puritanismo de los nuevos dogmáticos de dios. Así podría revisarse tanto en lo amplio como en lo particular la esencia de cada uno de los pueblos y de los fenómenos adyacentes. Unos han dejado más contribuciones, otros menos, la mayoría, nada. Por ahora, con el asomo anterior basta.

¿Desde dónde destila alguien como Sarah Palin, la contemporánea “americana” encarnación a la vez que del dogma religioso, del deseo sexual? ¿Por qué una misma mujer puede ser tanto vocera de dios como depositaria carnal de la sensualidad: La Pura y La Puta, como si dijéramos, conforme a un juego de opuestos extremos? Interesante extracto o síntesis de la sociedad norteamericana.

El arribo de los primeros colonos ahora llamados americanos al continente recién puesto en la mira europea no inauguraba propiamente una nueva nación. No se trataba de individuos que en un lento proceso de parto social y temporal desarrollaran sus características como pueblo inédito (las habría, sí, mas circunstanciales, no de fondo). Los rasgos fundamentales, subráyese fundamentales, de lo que devendría en “pueblo americano”, estaban ya engendrados, plantados, germinados, en la esencia de su ser individual y grupal al llegar a tierras nuevas. El célebre puritanismo “americano”, la omnipresencia y omnipotencia divina superpuesta a cualquier argumento racional, es el rasgo común esencial de los pobladores de las trece colonias originales. La moral como potestad dilatada inclusive al exceso de la represión biológica, por un lado, y la exaltación mística, por otro. Por esta arraigada característica, durante cuatrocientos años el conflicto entre pecado y culpa en Estados Unidos se exhibe hasta el extremismo. Como es normal, la biología siempre ha encontrado cauces naturales de manifestarse, mas la hipocresía puritana ha procurado la contención de esa naturaleza en nombre de dios dando como resultado híbridos conflictivos que tarde o temprano encuentran una dimensión social. Este híbrido carno-espiritual ha estado combinado con esa otra característica fundamental de la cultura anglosajona norteamericana que es el deseo de poder, la búsqueda de la riqueza a cualquier precio para satisfacer las necesidades personales y sociales y, en ulterior instancia, a dios. Que ante los ojos de la divinidad (Jehová, pero sobre todo de Jesús, que es su Lord), queden redimidos por sus acciones. Como puros, se sienten ya de inicio un pueblo tocado por la divinidad. Como los judíos. Como los islámicos. Los “americanos” son los nuevos designados de dios. De allí que toda tarea emprendida por ellos, comenzando con la del crimen, esté justificada y sea agradable a los ojos del señor.

Y en llegando, inician la matanza de los nativos. Los exterminan. Destruyen el hálito de las culturas locales. Se apropian de las tierras. Se asientan, y con la sangre vertida abonan el suelo en el que construirán sus grandes ciudades y avenidas. Eliminado el primer obstáculo, que es todo aquello que signifique lo que ellos no son, el resto es sólo cuestión de afianzarse con autoridad y proseguir la tarea de rapacería y expansión sin más límites que el que ellos mismos se impongan en la marcha de esa tarea de orden divino.

Y ante sus propios ojos, el sentido del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe otorga legitimidad a sus acciones. Así invaden México y se apropian de más de la mitad de su territorio. Así se fragua una política de dominio imperial hacia el resto del continente americano. Mas este sentido y esta doctrina no construyen una nación. Cuando James Monroe y John L. O’Sullivan exteriorizan ambos dogmas, estos no eran más que la condensación en Forma, de las características ya presentes en el espíritu puritano y protestante anglosajón aún antes del desembarco. No son doctrinas ni manifiestos primigenios que inauguren una nueva etapa, una nueva constitución, tan sólo una exégesis puesta en papel; se trata del afloramiento en el consciente colectivo de lo que ya les era connatural.

Aunque se han citado vagas referencias tempranas al concepto Destino Manifiesto (la vaguedad de lo ya presente pero recóndito: “Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas”; frase del ministro puritano John Cotton, 1630), no es sino hasta 1845 cuando John L. O’Sullivan (periodista apologista del Partido Demócrata, por cierto) imprime en Democratic Review de Nueva York un texto que devendría referencial y cardinal: “Annexation”. Ya en 1839 había trazado el núcleo de su pensamiento pero es hasta el documento citado cuando expresa la frase y la forma hoy considerada definitiva en la ideología del Destino Manifiesto: “El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia”. Así se justifica la anexión de Texas, que en realidad fue un despojo. Desde 1821 el gobierno mexicano había otorgado permisos e invitaciones a ciudadanos del vecino país para establecerse en México (hoy se otorgan contratos anticonstitucionales a compañías trasnacionales). Pocos años después, los huéspedes, encabezados por los Austin y Houston, se apropian de la casa de la cual sólo eran invitados. Así de simple se explica este primer pillaje al cual seguiría la toma de los territorios del noroeste, lo que hoy corresponde a ocho de las estrellas de la bandera con barras: Texas, California, Arizona, Nuevo México, Utah, Oregón, Colorado, Nevada. Tres estrellas más contienen fragmentos del territorio secuestrado en los estados de Wyoming, Kansas y Oklahoma. El tratado de Guadalupe-Hidalgo significaría en 1848 la claudicación mexicana luego de ocho meses de invasión. Simbolizaría la desvergüenza de los corruptos gobernantes mexicanos de entonces. Más allá de la indignación, lo que aquí se expone no trata de un ejercicio de amargura y lamento o de nacionalismo trasnochado, más bien de un mero acto descriptivo del resultado de la ignominiosa combinación de negligencia y corrupción del poder en México hacia la mitad del siglo XIX, con la ambición expansionista del supuesto mandato divino de los Estados Unidos. Bajo el gobierno de James Polk y el Partido Demócrata, México es cercenado en al menos 2.500.000 kilómetros cuadrados.

Si el Destino Manifiesto es la concepción del sentido divino y superior de la raza blanca, caucásica, que asesina, se aposenta y se expande a expensas de la casa del vecino, y se convierte en una suerte de Corán anglosajón que determina inexorable la expansión sin límites de las virtudes consagradas por dios, la Doctrina Monroe, aunque anterior en años al texto de O’Sullivan, significará de manera más específica la aplicación del mandato divino a la política exterior, a la dominación imperial en términos políticos y, sobre todo, económicos. Es decir, el primer concepto encuentra correlación con la Doctrina Monroe dictada por vez primera en 1823 por James Monroe aunque se supone de la autoría de John Quincy Adams. Y la tarea de dominio también se realiza al costo de cualquier precio, del asesinato político y la invasión militar si es preciso. Aparentemente dirigida contra los países europeos interesados en la riqueza de los latinoamericanos recién independizados, propugnando por la libertad y la autodeterminación -como si se le hubiese solicitado ayuda- Estados Unidos considerará una amenaza a sus intereses y seguridad cualquier asomo de ambición europea en Latinoamérica. Y por ello dictan con el dedo en alto: “América para los americanos”. Pero sucede que en su cerebro y en sus cuentas, América no es un continente del Canadá a la Argentina, sino una nacionalidad, la “americana”, la nueva raza adoptada por dios. América para los americanos alude al continente y todas sus riquezas para ellos, los nuevos escogidos del señor. Entonces, si el Destino Manifiesto es el texto primordial de un reconocimiento hacia el interior y hacia una expansión y apropiación inmediata de la casa del vecino, la Doctrina Monroe es el documento básico de la política exterior imperial. Y desde estos dogmas que provienen del constante destilar de los grupos llegados en 1603, se generan los intereses, las instituciones, las regulaciones políticas y económicas, las condiciones morales de la sociedad, etcétera.

Sarah Palin no es, pues, una aparición. Su presencia, su mensaje y su imagen, son un acabado extracto de la sociedad norteamericana. La manifestación del dogma hecho política y, al reverso, de la política como dogma, a la vez que, en una singularidad también de la sociedad de consumo que es Estados Unidos, la representación del objeto del deseo. Si bien el credo puritano puede llegar a ser una inclinación honesta, íntima, la más de las veces se manifiesta como una mera costumbre social y familiar conveniente, también, y sobre todo, como una coartada. La que justifica toda acción sin contención ética más que la suya. La coartada de Wall Street, la Casa Blanca, del Pentágono, del Congreso, de las grandes corporaciones de todo orden, de la imagen en los dólares, de los partidos Republicano y Demócrata. Oficialmente (aun quizá honestamente), Palin ha sido portadora de la fe, pentecostal primero, convenientemente protestante en general, ahora. Palin es una expresión del dogma que en una contrapartida reacción de la naturaleza encarna también los deseos eróticos despertados por la mujer madura. El enunciado de la carne y del deseo abierto u oculto.


Sarah Palin: La pura y la puta; dogma, poder y erotismo II

(Destino Manifiesto y Doctrina Monroe vistos desde las piernas, el arco y el trasero de Sarah Palin)

Por Nietzsche Aristófanes (@NietzscheAristo)

Sarah Louise Heath Palin, aunque nacida en Idaho, creció en una extraterritorialidad de Estados Unidos, Alaska. Porción obtenida de Rusia aunque de acuerdo a la naturaleza geográfica, de Canadá. Allí, se convierte en una joven exitosa. No obstante ser pentecostés de religión, se inscribe y es finalista en el concurso de Miss Alaska, cuyo objetivo final es ese absurdo de la aparente bobería que es Miss America. No gana el primer lugar pero se alza con el título de Miss Congeniality y obtiene algo más: Popularidad. Misma que con el tiempo será determinante en su tarea de llegar a la alcaldía y luego a la gubernatura de su Estado adoptivo. A pocos, descubrirá que es una privilegiada, una elegida por dios para su tarea. El ministro de la iglesia pentecostés a la cual acudía desde niña la presenta así ante la feligresía siendo ya autoridad: “Ella ama Alaska y quiere que su destino sea cumplido. Ella es discípula del señor antes de ser alcaldesa. Ama a Jesús con todo lo que tiene.”.

En 2008 Palin es seleccionada por John McCain y el Partido Republicano como candidata a la vicepresidencia y resulta un fiasco. La crasa ignorancia, el fundamentalismo religioso, la obligan al traspié público que le acarrea una consecuente ola creciente de críticas. Es objeto de burlas y al principio como una más de ellas, seriamente después, se le ofrece protagonizar películas porno a cambio de millones. Es la mujer madura ideal para ello: perfecta protagonista MILF (Mother I’d like to fuck) que asoma u oculta, que juega con, una incierta inteligencia profesional tras los anteojos. Atractiva devota esposa y madre norteamericana en voluptuoso abandono insospechado al erotismo y el placer para satisfacer la fantasía de los millones de hombres a la espera del lanzamiento del filme. Jugoso negocio. Ella guarda silencio, no protesta, aún más, el hecho de ser deseada parece no agraviar su condición de virtuosa. Se exhibe con vestuarios más coloridos, atrayentes, muestra más abiertamente el rostro, el pecho y la hendidura y el medio de los senos, sonríe con amplitud y certeza a pesar de los errores. Sus seguidores no ven en la fallida elección un fracaso. Se ha transformado ya en figura nacional. Ahora esperarán a que aparezca una nueva circunstancia. Y llega. La campaña contra Barack Obama y sus iniciativas, la reposición de la ultraderecha del Partido Republicano, los abiertos aires del racismo congénito, son el momento oportuno. Palin publica Going Rogue: An American Life su nuevo “grito de batalla”. Con buen sentido del humor, los críticos inmediatamente editan una colección de ensayos anti-Palin en Going Rouge: An American Nightmare. La sutil sustitución incorporada cobra entonces un sugestivo significado al pasar de “pícara” a “colorete” o “rojo”. Con todo y los deslices, la franca inopia descubierta públicamente y el chasco electoral, Palin está de vuelta. Se ha convertido en el ícono del movimiento del Tea Party al cual ella considera el futuro político de Estados Unidos. El que eufórico la recibe y patrocina por todo el país en su gira American Apology. Y está de vuelta porque la combinación mujer-devota, mujer-de-poder, mujer-deseada, está siendo catapultada por sus publicistas. Dogma, poder y erotismo, mezclados en un producto ideal: Sarah Palin se ha transfigurado en un hot combo original norteamericano. ¿Cómo no va a tener admiradores que deseen adquirirla aun entre los hombres conservadores? Cuando un rollizo ranchero de Iowa levanta un cartel de adhesión en una de las presentaciones públicas de Palin, no sólo impulsa a alguien creyente de Jesús como él, a alguien racista como él, a alguien que ve en Ronald Reagan no a un criminal sino a un héroe nacional, alguien que votó por Bush hijo en dos ocasiones, que ve en la invasión a Iraq la defensa del mundo ideal y la democracia, incluyendo los intereses de las corporaciones petroleras, que considera a Obama como una afrenta para America, quizá también esté sucumbiendo al deseo oculto, al deseo prohibido, a la imagen protosexual que de esta mujer se explota. La ilusión viene en paquete: ataviada de rojo, anteojos de aire pseudointelectual, cabello teñido, labios inyectados de botox, afiche de la bandera de las barras y las estrellas plegada al corazón que anuncian unos pechos debidamente pronunciados y artificialmente bronceados, de pronto aparece la mujer apetecida que además habla como han hablado tantos políticos depredadores de Estados Unidos, incluyendo al anexionista Demócrata James Polk y a James Monroe, artífices del Destino Manifiesto y la Docrina Monroe, y otros pájaros de cuenta como Andrew Jackson, los Austin y Samuel Houston: “Oh dios, qué orgullosa estoy de ser americana… El alma de este movimiento es la gente… Nuestras familias y nuestro país están en riesgo por como se están haciendo las cosas en Washington… Necesitamos un comandante en jefe, no un profesor conferenciante… Estamos en una misión de dios… Yo hago mi trabajo, pero esto no funcionará si los corazones de la gente no están bien con dios… Oremos por América, oremos también por nuestros soldados que están luchando en Iraq por lo que es correcto para este país –que nuestros líderes los envíen a realizar una tarea que viene de dios- … Eso es de lo que debemos estar seguros en nuestras oraciones: que hay un plan y ése es un plan de dios.”. A estas alturas del catártico discurso y tras innúmeras invectivas contra el moreno Obama y sus políticas moderadas descalificadas como demoniacas, el público se halla extasiado y estalla eufórico: “Oh, America the Beautiful, God Bless You and Sarah!”.

Es evidente que la sociedad estadounidense está dividida entre los que ven como figura ideal a Palin y los que apoyan a Obama. Los republicanos conservadores, el Tea Party y Sarah Palin han acusado a Obama cuando menos de socialista y de ser un peligro para los Estados Unidos. No toman en consideración de que en realidad no existe diferencia radical entre el Partido Demócrata y el Republicano, ni históricamente hablando ni en el presente (¿puede haber algo radical en Estados Unidos más allá de los crímenes masivos cometidos por estudiantes o psicópatas o la ideología ultraconservadora o las altas decisiones militares?). La única diferencia de fondo subyace en que unos están fielmente convencidos de que el mundo fue creado no hace más de seis mil años y refieren la biblia como argumento categórico; los otros presumiblemente creen en la historia y la ciencia como factores indispensables para la explicación del mundo, no son onanistas melodramáticos. Y aunque esto debiera ser suficiente diferencia como para poner distancia, en los temas fundamentes hay cohesión de opinión y homogeneidad básica en la toma de decisiones. Hay que reconocer que recientemente el criticismo ha crecido en Estados Unidos y que se arropa dentro del Partido Demócrata, el cual proporciona hoy, pese a todo, una mejor opción para la libertad de pensamiento y expresión frente el frenético extremismo retrógrada e inculto de los conservadores que impulsan políticas anti-ciudadanas, anti-aborto, anti-homosexuales, anti-ateos, anti-intelectuales, anti-etcétera, y leyes anti-inmigrantes como la de Arizona que ya otros estados están pretendiendo también avanzar (en tanto que en Arlington, FeCal rinde homenaje a los soldados invasores, despojadores y asesinos de mexicanos; primer ejecutivo mexicano que lo hace: la ausencia y consecuente búsqueda de legitimidad lo continúa hundiendo en su envilecido ser).

Sarah Palin es, pues, una expresión del obstinado fundamentalismo norteamericano, el que con arrogancia decidió que el continente y sus riquezas era suyo y su obra es la obra de dios. ¿Hasta dónde llegará este reposicionamiento del ultra conservadurismo en un país que es cada vez menos blanco -caucásico-, el prototipo ideal que anhelaron los “padres fundadores” de la nueva nación de dios? Lo interesante del fenómeno es que la figura Palin no sólo encarne el dogma norteamericano quintaesenciado en el Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe tal cual también personifica la racista recalcitrante gobernadora de Arizona Janice Kay Brewer (quien si acaso protagonizaría cuando mucho un filme GILF, para los muy raros de satisfacer), también el deseo expreso u oculto de seguidores y detractores que se asoman a los dogmas desde la perspectiva del arco, las piernas y el trasero de Sarah. Quienes la desean quisieran poseerla antes de la posibilidad de que llegue a la Casa Blanca en 2012, si no literalmente, ya en una película MILF, ya imaginando cálida una felación al menos.


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