lunes, mayo 31, 2010

Sarah Palin: La pura y la puta; dogma, poder y erotismo (I)

(Destino Manifiesto y Doctrina Monroe vistos desde las piernas, el arco y el trasero de Sarah Palin)


Nietzsche Aristófanes (@NietzscheAristo)


Los pueblos, las sociedades diversas, rezuman lo que en sí y de sí mismas, progresivamente, ha incubado y destilado. Y lo drenan como la quintaesencia de su identidad. Inclusive los más consumados productos culturales, las leyes y constituciones más depuradas provienen, digamos, de su néctar cultural. Algo semejante puede afirmarse de los conceptos ideológicos, religiosos, filosóficos o de las categorías artísticas o culturales temporales. Una como condensación se manifiesta en una constante que, aunque comprenda influencias, es esencialmente única en un determinado contexto sociocultural e histórico y por su puesto, geográfico. Afortunadamente para el estudio y conocimiento de tales expresiones, la percepción del sentido de la historia y la valoración sociológica ha proporcionado al arte de la interpretación de una solidez que se ubica más allá de la mera percepción de los sentidos y la simplicidad de la opinión.


La desolada angustia de Enkidú formula en un aliento el voluntarioso y atormentado espíritu mesopotámico. Confirmarse como mortales es el hallazgo que trasmina de su arte, en particular de la considerada primera obra literaria jamás antes concebida como tal: Épica del Gilgamesh. El extraordinario y genial pueblo griego consumó la mayor obra de los tiempos pasados y vigentes: la épica, la poesía, la tragedia, la comedia, la arquitectura, la organización civil y militar, precedida por una concepción cosmogónica ligada a la vida. El Olimpo de la naturaleza que supuso, como consecuencia natural de su proceso de racionalización y hondo socavado, la deposición de los dioses. Les faltó tiempo. La intrusión romana acabó con la mejor tentativa humana de vivir sin dioses. El imperio romano dejó como herencia fundamental una arrogancia cívica y la corrupción rampante de la iglesia católica y sus ejecutores mundiales. El judaísmo, el sectarismo racial sionista y sus derivados. El islamismo, el petrificado fanatismo fundamentalista. El Renacimiento, el boato, el eco que ambiciona la posibilidad de un retorno a la antigüedad. La ruptura luterana-calvinista: El irascible y airado puritanismo de los nuevos dogmáticos de dios. Así podría revisarse tanto en lo amplio como en lo particular la esencia de cada uno de los pueblos y de los fenómenos adyacentes. Unos han dejado más contribuciones, otros menos, la mayoría, nada. Por ahora, con el asomo anterior basta.


¿Desde dónde destila alguien como Sarah Palin, la contemporánea "americana" encarnación a la vez que del dogma religioso, del deseo sexual? ¿Por qué una misma mujer puede ser tanto vocera de dios como depositaria carnal de la sensualidad: La Pura y La Puta, como si dijéramos, conforme a un juego de opuestos extremos? Interesante extracto o síntesis de la sociedad norteamericana.


El arribo de los primeros colonos ahora llamados americanos al continente recién puesto en la mira europea no inauguraba propiamente una nueva nación. No se trataba de individuos que en un lento proceso de parto social y temporal desarrollaran sus características como pueblo inédito (las habría, sí, mas circunstanciales, no de fondo). Los rasgos fundamentales, subráyese fundamentales, de lo que devendría en "pueblo americano", estaban ya engendrados, plantados, germinados, en la esencia de su ser individual y grupal al llegar a tierras nuevas. El célebre puritanismo "americano", la omnipresencia y omnipotencia divina superpuesta a cualquier argumento racional, es el rasgo común esencial de los pobladores de las trece colonias originales. La moral como potestad dilatada inclusive al exceso de la represión biológica, por un lado, y la exaltación mística, por otro. Por esta arraigada característica, durante cuatrocientos años el conflicto entre pecado y culpa en Estados Unidos se exhibe hasta el extremismo. Como es normal, la biología siempre ha encontrado cauces naturales de manifestarse, mas la hipocresía puritana ha procurado la contención de esa naturaleza en nombre de dios dando como resultado híbridos conflictivos que tarde o temprano encuentran una dimensión social. Este híbrido carno-espiritual ha estado combinado con esa otra característica fundamental de la cultura anglosajona norteamericana que es el deseo de poder, la búsqueda de la riqueza a cualquier precio para satisfacer las necesidades personales y sociales y, en ulterior instancia, a dios. Que ante los ojos de la divinidad (Jehová, pero sobre todo de Jesús, que es su Lord), queden redimidos por sus acciones. Como puros, se sienten ya de inicio un pueblo tocado por la divinidad. Como los judíos. Como los islámicos. Los "americanos" son los nuevos designados de dios. De allí que toda tarea emprendida por ellos, comenzando con la del crimen, esté justificada y sea agradable a los ojos del señor.


Y en llegando, inician la matanza de los nativos. Los exterminan. Destruyen el hálito de las culturas locales. Se apropian de las tierras. Se asientan, y con la sangre vertida abonan el suelo en el que construirán sus grandes ciudades y avenidas. Eliminado el primer obstáculo, que es todo aquello que signifique lo que ellos no son, el resto es sólo cuestión de afianzarse con autoridad y proseguir la tarea de rapacería y expansión sin más límites que el que ellos mismos se impongan en la marcha de esa tarea de orden divino.


Y ante sus propios ojos, el sentido del Destino Manifiesto y la Doctrina Monroe otorga legitimidad a sus acciones. Así invaden México y se apropian de más de la mitad de su territorio. Así se fragua una política de dominio imperial hacia el resto del continente americano. Mas este sentido y esta doctrina no construyen una nación. Cuando James Monroe y John L. OSullivan exteriorizan ambos dogmas, estos no eran más que la condensación en Forma, de las características ya presentes en el espíritu puritano y protestante anglosajón aún antes del desembarco. No son doctrinas ni manifiestos primigenios que inauguren una nueva etapa, una nueva constitución, tan sólo una exégesis puesta en papel; se trata del afloramiento en el consciente colectivo de lo que ya les era connatural.


Aunque se han citado vagas referencias tempranas al concepto Destino Manifiesto (la vaguedad de lo ya presente pero recóndito: "Ninguna nación tiene el derecho de expulsar a otra, si no es por un designio especial del cielo como el que tuvieron los israelitas"; frase del ministro puritano John Cotton, 1630), no es sino hasta 1845 cuando John L. OSullivan (periodista apologista del Partido Demócrata, por cierto) imprime en Democratic Review de Nueva York un texto que devendría referencial y cardinal: "Annexation". Ya en 1839 había trazado el núcleo de su pensamiento pero es hasta el documento citado cuando expresa la frase y la forma hoy considerada definitiva en la ideología del Destino Manifiesto: "El cumplimiento de nuestro destino manifiesto es extendernos por todo el continente que nos ha sido asignado por la Providencia". Así se justifica la anexión de Texas, que en realidad fue un despojo. Desde 1821 el gobierno mexicano había otorgado permisos e invitaciones a ciudadanos del vecino país para establecerse en México (hoy se otorgan contratos anticonstitucionales a compañías trasnacionales). Pocos años después, los huéspedes, encabezados por los Austin y Houston, se apropian de la casa de la cual sólo eran invitados. Así de simple se explica este primer pillaje al cual seguiría la toma de los territorios del noroeste, lo que hoy corresponde a ocho de las estrellas de la bandera con barras: Texas, California, Arizona, Nuevo México, Utah, Oregón, Colorado, Nevada. Tres estrellas más contienen fragmentos del territorio secuestrado en los estados de Wyoming, Kansas y Oklahoma. El tratado de Guadalupe-Hidalgo significaría en 1848 la claudicación mexicana luego de ocho meses de invasión. Simbolizaría la desvergüenza de los corruptos gobernantes mexicanos de entonces. Más allá de la indignación, lo que aquí se expone no trata de un ejercicio de amargura y lamento o de nacionalismo trasnochado, más bien de un mero acto descriptivo del resultado de la ignominiosa combinación de negligencia y corrupción del poder en México hacia la mitad del siglo XIX, con la ambición expansionista del supuesto mandato divino de los Estados Unidos. Bajo el gobierno de James Polk y el Partido Demócrata, México es cercenado en al menos 2.500.000 kilómetros cuadrados.


Si el Destino Manifiesto es la concepción del sentido divino y superior de la raza blanca, caucásica, que asesina, se aposenta y se expande a expensas de la casa del vecino, y se convierte en una suerte de Corán anglosajón que determina inexorable la expansión sin límites de las virtudes consagradas por dios, la Doctrina Monroe, aunque anterior en años al texto de OSullivan, significará de manera más específica la aplicación del mandato divino a la política exterior, a la dominación imperial en términos políticos y, sobre todo, económicos. Es decir, el primer concepto encuentra correlación con la Doctrina Monroe dictada por vez primera en 1823 por James Monroe aunque se supone de la autoría de John Quincy Adams. Y la tarea de dominio también se realiza al costo de cualquier precio, del asesinato político y la invasión militar si es preciso. Aparentemente dirigida contra los países europeos interesados en la riqueza de los latinoamericanos recién independizados, propugnando por la libertad y la autodeterminación -como si se le hubiese solicitado ayuda- Estados Unidos considerará una amenaza a sus intereses y seguridad cualquier asomo de ambición europea en Latinoamérica. Y por ello dictan con el dedo en alto: "América para los americanos". Pero sucede que en su cerebro y en sus cuentas, América no es un continente del Canadá a la Argentina, sino una nacionalidad, la "americana", la nueva raza adoptada por dios. América para los americanos alude al continente y todas sus riquezas para ellos, los nuevos escogidos del señor. Entonces, si el Destino Manifiesto es el texto primordial de un reconocimiento hacia el interior y hacia una expansión y apropiación inmediata de la casa del vecino, la Doctrina Monroe es el documento básico de la política exterior imperial. Y desde estos dogmas que provienen del constante destilar de los grupos llegados en 1603, se generan los intereses, las instituciones, las regulaciones políticas y económicas, las condiciones morales de la sociedad, etcétera.


Sarah Palin no es, pues, una aparición. Su presencia, su mensaje y su imagen, son un acabado extracto de la sociedad norteamericana. La manifestación del dogma hecho política y, al reverso, de la política como dogma, a la vez que, en una singularidad también de la sociedad de consumo que es Estados Unidos, la representación del objeto del deseo. Si bien el credo puritano puede llegar a ser una inclinación honesta, íntima, la más de las veces se manifiesta como una mera costumbre social y familiar conveniente, también, y sobre todo, como una coartada. La que justifica toda acción sin contención ética más que la suya. La coartada de Wall Street, la Casa Blanca, del Pentágono, del Congreso, de las grandes corporaciones de todo orden, de la imagen en los dólares, de los partidos Republicano y Demócrata. Oficialmente (aun quizá honestamente), Palin ha sido portadora de la fe, pentecostal primero, convenientemente protestante en general, ahora. Palin es una expresión del dogma que en una contrapartida reacción de la naturaleza encarna también los deseos eróticos despertados por la mujer madura. El enunciado de la carne y del deseo abierto u oculto.

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