jueves, noviembre 06, 2008

La gratuidad pervertida


JAVIER SICILIA
La debacle financiera; el más reciente escándalo de Onésimo Cepeda -obispo metido en un pleito de préstamos y demandas millonarios-; un mundo en el que todo, incluso los sacramentos, se han vuelto mercancía, y donde, "por usura", según el poeta Ezra Pound, "se mata al niño en el vientre de la madre", obligan a una reflexión sobre el misterio del mal. Una frase de San Jerónimo -"la corrupción de lo mejor es lo peor"- resume esta realidad sobre la que casi nadie -envueltos todos en el aire enrarecido de la economía- ha pensado.
Es innegable que lo mejor que llegó al mundo fue el Evangelio -una Buena Nueva ajena a la Antigüedad-, pero también que, con su corrupción, sobrevino un género de mal inédito y desconocido por las sociedades no occidentales, al grado de que el Occidente moderno, con sus instituciones de servicio, sus profesionales -esos sacerdotes laicos que administran nuestras vidas-, su recurso al dinero, al poder, y su capacidad expansiva, es impensable sin él.
Todo el Evangelio gira sobre un gozne: la gratuidad del amor. Desde el anuncio de un ángel a una muchacha hasta la Resurrección, pasando por la prédica y los milagros, el amor evangélico es la revelación de la gratuidad y, porque no hay verdadera gratuidad sin libertad, de una desconocida libertad. Al igual que la Encarnación no era necesaria, ni se debía (la Biblia nos enseña que el pueblo hebreo vivía alrededor de un presagio "en el sentido de que -dice Iván Illich- una preñez presagia un nacimiento -entendemos aquí nacimiento en el sentido antiguo de que una mujer 'esperaba un acontecimiento dichoso'", y no en el moderno en donde el útero se ha convertido en la fábrica de un producto genético programado que puede desmontarse si no cumple con las normas establecidas para crear un ciudadano-), también la parábola de "El buen samaritano", que resume toda la gratuita libertad evangélica, habla del amor como libertad y don. Por vez primera -es el sentido escandaloso de la parábola- se pudo amar y acoger no sólo a un extranjero, sino a un enemigo.
Este amor impensable para el mundo antiguo -para el que la hospitalidad estaba constreñida al ámbito de sus respectivos pueblos- hizo que la Iglesia, en su afán por preservar y difundir este nuevo y maravilloso amor, lo institucionalizara, creando, desde el momento en que con Constantino se volvió imperial, xenodochia (casas para extranjeros).
Mientras en los primeros años del cristianismo era costumbre en cualquier casa cristiana tener un lecho, un cabo de vela y pan por si el Señor Jesús tocaba a la puerta en la persona de un desconocido, al volverse imperial adquirió el poder de fundar todo tipo de órdenes de derecho social financiadas por la comunidad y confiadas a una institución. Esta idea suscitó la indignación de Juan Crisóstomo (siglo IV), quien denunció que ese tipo de instituciones haría perder al cristianismo no sólo su carácter gratuito y libre, sino a los hogares su condición cristiana.
Lejos de atender las palabras de Crisóstomo, la institucionalización se impuso, lo que generó, por un lado, una concepción radicalmente nueva de la relación Yo-Tú -el mundo Antiguo no tuvo nada comparable a hogares para extranjeros o a asilos para viudas y huérfanos. En esto la sociedad de servicios moderna, ahora administrada y generada por el Estado y sus instituciones, cumple bien con el ideal de la Iglesia imperial de establecer y extender la caridad cristiana-, pero, por otro, generó la necesidad del poder y del dinero de proporcionar esos servicios -hospital, hotel, hospedaje, etcétera, son palabras que derivan de lo que en los inicios del cristianismo era la hospitalidad de la caridad-, y pervirtió ese acto personal, libre y gratuito del amor.
Al despojar a la caridad de esas características, que son el sello de La Buena Nueva, e institucionalizarla, la Iglesia fundó una concepción impersonal del funcionamiento de la sociedad. Así, la sociedad moderna nacida del ideal cristiano, al haber suscitado pretendidas necesidades de servicio cada vez más variadas, más caras y más difíciles de colmar -¿habrá algún día suficiente salud, suficiente instrucción, suficiente energía, suficiente comunicación, suficiente vivienda, suficiente alimento...?-, "generó -dice Illich- un tipo de sufrimiento y de mal desconocido fuera de la cultura occidental de inspiración cristiana".
El sufrimiento que hoy vivimos frente a la debacle financiera es hijo de esa corrupción que perdió su sentido de gratuidad, de libertad y de límite, y conformó demandas infinitas de servicios y de dinero para obtenerlos. Es también, en el orden de la fe, algo peor: su perversión -Onésimo y sus más recientes pleitos lo muestran-: el pecado que se propone tergiversar la fe -la gratuidad de un don que nos llega sorpresivamente- y convertirla en una entidad sometida a los poderes de este mundo.
¿Cómo, desde esa oscuridad tan profunda como el bien del que vino, redescubrir para el hombre y su mundo ese carácter de novedad, de gratuidad, de libertad en los límites -los de las proporciones de la carne en la que vivimos- que está en eso mejor que llegó al mundo? Es una pregunta de cuya respuesta quizá dependa nuestra salvación.
Además opino que hay que respetar los Acuerdos de San Andrés, liberar a todos los zapatistas presos, derruir el Costco-CM del Casino de la Selva, esclarecer los crímenes de las asesinadas de Juárez, sacar a la Minera San Xavier del Cerro de San Pedro, liberar a los presos de Atenco y de la APPO, y hacer que Ulises Ruiz salga de Oaxaca.

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