Cien días y todo sereno
Se celebra el cumplimiento del plazo de los cien
días en que las autoridades estatales, y federales
de facto, se comprometieron al mejoramiento de
la seguridad pública y establecer estrategias anticrimen.
Tal fecha no puede dejar de celebrarse si
no es con los correspondientes ejecutados, como
los siete que fueron encontrados en Chihuahua.
Ya son cien días en los que no ha pasado nada
de lo que algunos ilusos esperaban; los gobernantes
responsables siguen cobrando altísimos
sueldos y enquistados en sus puestos, las policías
siguen siendo brutales golpeadores al servicio del
Estado, mientras que los criminales declarados
disfrutan del paraíso de impunidad que nutre sus
actividades.
Si la lucha contra la delincuencia dejara ganancias
económicas seguramente ya se habría privatizado
la seguridad pública, pero como no es ni
será así, padecemos una de las crisis de violencia
e inseguridad que no se veían en el país desde los
años ochenta donde, en aquel entonces era sorprendente
que un delincuente como Durazo fuera
responsable de la policía capitalina. Hoy pareciera
que es bien visto que el presidente de facto dé
un espaldarazo a un funcionario que se ha comportado
más como un porro golpeador que como
un responsable de la ejecución de las políticas de
seguridad.
Lo que sí ha cambiando es el discurso pues los
antes llamados corruptos ahora les dicen “infiltrados”,
la palabra “narcotraficante” se sustituye
por cualquier otra y a los ineptos funcionarios se
les declara capaces y moralmente rectos. Tales
cambios son signos de una insultante apatía y del
derrumbe del mismo gobierno que no sabe más
que administrar sus propias deficiencias, ejemplo
de ello es la propuesta de creación de una “Secretaría
del Interior” que congregaría los cuerpos de
seguridad bajo una misma dirección, algo así como
la desaparecida y brutal Dirección Federal de Seguridad
pero con un nombre que apantalle a los
medios y a los crédulos.
Mientras la economía del país continua en una
permanente turbulencia donde lo único que se
mide son los ingresos de las grandes empresas del
país, la economía familiar se desmorona, los despidos
continúan, el aumento a los precios y combustibles
siguen imparables. Desconozco si Alejandro
Martí trata bien a sus empleados, sería injusto decir
que no es así, pero quizá su mejor inversión puede
ser el mantener los empleos de los que dependen
miles de familias en lugar de crear organizaciones
contra el crimen que parecen más un club de señoras
copetonas y señoritingos que hablan de delincuentes
apestosos.
Y aquí el nudo de la situación: No tenemos un
país en crecimiento donde la sociedad se vea indignada
por la violencia imperante pues su primera
y única necesidad es saber cómo logrará vivir al día
con los pocos recursos que tiene. La seguridad se
convierte en cosa de ricos, en asunto de los que
detentan propiedades y valores mientras, que los
otros están seguros por no tener nada.
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