miércoles, 25 de julio de 2007
Por Gerardo Fernández Casanova
Las peras del olmo
Entre las frases con que la filosofía popular enriquece la cultura tomo aquella que reza "no hay que pedir peras al olmo", para encaminar mi denodado esfuerzo para intentar comprender a la terca realidad. Se confunden dos terquedades: hay olmos que quisieran dar peras y hay quienes insisten en obligar a los pobres olmos a que den peras. A los casos me remito:
1.- La Iglesia Católica es un olmo que se empeña en dar peras; apela a la democracia para conculcar los derechos democráticos. Reclama una libertad de culto para minar la libertad de pensamiento. Por principio, la IC ha sido históricamente contraria a la democracia; según ella es la voluntad de Dios -de la que sus ministros se abrogan la vocería exclusiva- la determinante del actuar de la humanidad; para ellos la voz de Dios es la voz del pueblo, cuando para los demócratas la voz del pueblo es la voz de Dios, el orden de los factores sí que altera este producto. No es concebible el disfraz democrático de una institución cuya máxima autoridad es elegida "por el Espíritu Santo" que ilumina a los miembros de una camarilla que, a su vez, es designada por esa máxima autoridad y de ahí hasta el más humilde de los curas. Ni modo, ese olmo jamás dará peras.
2.- El gobierno espurio es una bellota (quizás fruto de un olmo) que pretende ser pera y exige ser reconocido como tal. El día de las elecciones una mano misteriosa, al pie del peral, levantó la pera y colocó la bellota en su lugar para, con el apoyo de la parafernalia mediática, presentarla como una pera excepcional. Por si no fuera suficiente, la mano misteriosa inventó un enérgico combate al narcotráfico para sacar al Ejército de sus cuarteles y apuntalar la convicción mediática de que esa bellota es una pera. Hasta la IC participa en el milagro de la transustanciación y confirma que, por voluntad de Dios, esa bellota es una hermosa pera. Mientras tal milagro sucede, sus hacedores pasan facturas a la pobre bellota a la que le exigen jugos que no puede dar, pero la siguen exprimiendo para ver qué logran. No está lejano el día en que la bellota, debilitada y molida, tire la toalla y grite: ¡al carajo! Yo no soy ni quiero ser pera.Leer más...
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