Entre la soledad y la cárcel
nota original:
Los silencios empiezan ahora. De la mediocridad del gobierno no se puede esperar más. Los paliativos no pueden ayudar a dar una imagen convincente: disminuir los sueldos de los secretarios de Estado y de los directores generales suena a broma: ya encontrarán ellos cómo compensar esas terribles pérdidas del patrimonio de sus sacrificadas familias. En cuanto a los millones ahorrados por un lado se irán por otro y, si se pronuncia un discurso plagado de buenas intenciones se le puede recordar al presidente Calderón aquello de obras son amores y no buenas razones. Esperan, pues, los miles de empleos prometidos y los ahorros. Y las inversiones que vengan de fuera, junto con los sustos y otras malas noticias, como esos inquietantes avances de una izquierda considerada no se sabe por qué populista en toda la América Latina.
Fuera del cursi de Colombia no queda sino el aislado Paraguay y el inexplicable Perú. México está más solo que nunca, tan solo como su Presidente, siempre en espera de ayuda procedente de países poco deseosos de ayudar, pues deben empezar por ayudarse a sí mismos. El hombre que hace un año se consideraba todopoderoso no sólo pierde las elecciones legislativas sino que ve a dos de sus aliados incondicionales, de sus ministros decisivos -aunque no tengan el título de ministros- obligados a abandonar sus cargos en el Ejército y en la diplomacia. Cuando veas las barbas de tu vecino rapar, pon las tuyas a remojar.
El mundo cambia y, las víctimas del cambio ni entienden ni quieren entender el cambio. Les basta con señalar a unos cuantos engendros vomitados por el infierno sobre un mundo en principio armónico, tranquilo y comprensivo que, de pronto, se pone a protestar por la mala distribución de los bienes de esta Tierra y, si se descuida la Iglesia, también de los del otro mundo. Esa rebelión que cuando se da en México se combate con el silencio en una primera fase, que vuelve ciegas a las cámaras de televisión y a zonas enteras del auditorio nacional, que callan lo obvio, que animan a quienes creyeron en algún momento que iban a perder sus casas y sus coches. También de pronto aparecerán las encuestas encomiásticas de los trabajos de Los Pinos, de los aciertos gubernamentales y de las tasas de aprobación siempre superiores al 60 por ciento.
Pero por lo pronto los revoltosos de Oaxaca a la cárcel, para que el secretario de Gobernación muestre la firmeza de su pulso y el convencimiento de la voluntad popular, deseosa más que nunca, de la mano dura. Esto ha sido siempre un deseo del pueblo, partidario incluso de la pena de muerte. Pero no se puede considerar el encarcelamiento de cuatro personas el anuncio de una política, pongamos, de orden público. Puede incluso suponerse una nueva manera de calmar a una opinión pública deseosa de poder caminar por la ciudad, por ésta y por otras muchas de México, con alguna tranquilidad. No será reprimiendo movimientos como el de Oaxaca el modo de eliminar, como está de moda decir, a la delincuencia organizada. Ése es más bien tema de la Secretaría de Hacienda, de los señores que con ayuda de unos bufetes jurídicos y de contadores excepcionales en su campo arreglan unas declaraciones de impuestos de los grandes industriales y comerciantes absolutamente risibles. Y ahí es donde se espera la mano dura del Presidente, aunque las pandillas juveniles también sean temibles.
Por lo pronto, especulemos. Todo está abierto a la imaginación, a la del hombre común y corriente, y a la del que funda sus esperanzas en la llamada salvadora, en el ofrecimiento de un puesto, un cargo, en empleo, de cualquier oportunidad que le reintegre al juego político, le saque de la legión abandonada por la suerte. No se puede contar cuántos están dispuestos a sacrificarse por la patria, por México, por encima de los intereses particulares de grupo, de región o de partido. Lo desagradable se presenta al preguntar por cómo sacrificarse, cómo renunciar al egoísmo natural en el hombre -y en la mujer- para ponerlo todo en el altar supremo. Sin ir más allá de los conocidos por razones de la vida diaria, quienes han quedado al margen de la distribución de prebendas no sabemos si van a seguir con unas fidelidades sospechosas o van a emprender una vez más el juego de las sillas musicales.
No se necesita ejercer una memoria exagerada, como suele ser la del político. Recordemos sencillamente a los que formaron el grupo San Ángel y de una u otra manera fueron agraciados por gracia de su devoción por el voto útil. No encontró Fox peores enemigos en toda su historia política, ni críticos más acerbos ni más despectivos. Son los hombres de la profesionalización de la política los que han hecho de ella un modus vivendi, los conocedores de los entresijos del juego. Por el momento -un simple instante- van ganando aunque se piense en bajarles los sueldos y vigilarles las manos. Van con los ojos cerrados pues ni los cinco minutos escasos de la Cámara de Diputados ni las vaguedades del Auditorio Nacional disiparon las dudas de un mundo escéptico y aburrido, donde lo único notorio fueron las tropelías cometidas contra una lengua desconocida por algunos amigos incondicionales de los anglicismos y galicismos.
Como era de esperarse el Presidente, desde el inicio de su campaña electoral, y de sus primerísimos días de gobierno, por razones aún no dadas a conocer, se niega a tratar con el público, con la gente, se reserva para los hombres de negocios, para los visitantes extranjeros -para los pocos que han venido- y para los príncipes. Se va a llevar un susto tremendo el primer día que salga a la calle y vea que quienes por ella deambulan no muerden.
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