Por: Samuel Schmidt
La historia y la política son el resultado de la acción de las personas.
Los pueblos construyen instituciones para normar las relaciones sociales, económicas y políticas, pero los hombres determinan su funcionamiento. Las instituciones no están por encima de las personas, carecen de vida propia y no se ponen por encima de la sociedad; funcionan bajo el liderazgo de personas que muchas veces carecen de calidad moral.
Igual puede decirse de las ideologías que son un componente esencial de las instituciones. Están sujetas a la interpretación de las personas y esto tiene que ver con su puesta en práctica.
Los actos de Stalin, más allá de la teoría, entre los que destaca el terror, dieron al traste con la construcción de la nueva sociedad y el nuevo hombre y en lugar de ayudar a construir un paraíso socialista, ayudaron a solidificar un infierno para la gente que no sabía cuándo los alcanzaría la tenaza del terror para segar sus sueños y sus vidas. Los soviéticos pagaron con decenas de millones de vidas, y se puso la semilla de la destrucción del sistema socialista.
George Bush ascendió la pirámide del poder montado en las relaciones del dinero y el poder, y arriba movió a las instituciones del Estado a aventuras cuya finalidad es el enriquecimiento de unos cuantos.
Vicente Fox es un hombre mediocre que remontó las esferas del poder hasta gobernar un país posicionado entre los diez más ricos del mundo. Su incapacidad llevó al país hacia atrás y canceló las oportunidades para remontar las desventajas.
Las vidas de estos personajes son poco comparables, pero siendo casos extremos muestran que la infalibilidad de las instituciones es un argumento falaz y conforma una gran mentira para atar a la sociedad a una voluntad engañosa.
La Revolución soviética construyó un partido político que debía conducir a la clase social mayoritaria hacia un nuevo modelo de vida, con esto se inauguraba una nueva visión de la democracia; Stalin se encargó de manipular a las instancias del partido poniéndolas bajo su manto para convertir la dictadura del proletariado en la dictadura de un oligofrénico sediento de poder.
Los estadounidenses construyeron instituciones que crearon una sólida cultura legal y ahí se fincó el engaño bushiano, porque contando con que la sociedad aceptaría una resolución legal, logró un fraude electoral que reforzó su concepción de la política como impunidad.
Fox no fue un paladín de la democracia; no se jugó la vida en contra del autoritarismo, fue beneficiario de las vidas perdidas en las batallas por la democratización y se alineó con el dinosaurio para proteger sus intereses personales derivados de una corta pero fructífera historia de corrupción.
Fox ingresó a los anales de las perversiones y la perfidia histórica; entró a la lista de los que descarrilaron los buenos propósitos por satisfacer apetitos malsanos y de la ambición egoísta.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario