lunes, septiembre 18, 2006

¿Se acabó? 2 (última parte)

Sale ésta que se me pasó el viernes:

Epigmenio Ibarra en Milenio:

¿Se acabó? 2 (última parte)

eibarra@milenio.com



Muchos piensan que al levantarse las carpas del Paseo de la Reforma comienza el fin de la resistencia civil pacífica. Eso desean fervientemente. Cunden en la prensa los análisis y comentarios que presentan el plantón como un rotundo fracaso. Consideran que López Obrador y sus huestes se retiran derrotados del centro de la ciudad. Apoyan sus dichos en encuestas que demuestran la acelerada pérdida de popularidad del movimiento. Miden así al adversario con la misma vara. Olvidan sin embargo, quienes así piensan, un aspecto fundamental: no se trataba de ganar simpatías —de qué sirve ser popular a estas alturas— sino de establecer una zona de control táctico, territorial, propagandístico y político en el corazón del país. Se trataba de impedir ser aplastados por la maquinaria de la victoria. Maquinaria operada ilegalmente, como la campaña de Felipe Calderón, desde Los Pinos.

Fue pues el plantón una medida ruda, impopular, dolorosa pero efectiva. Afectó profundamente la vida de la ciudad, del país, los derechos de terceros. Claro. Qué esperaban. No quedaba otro remedio. La alternativa era simplemente aceptar la injusticia, resignarse, consagrar otra vez la impunidad como norma en nuestro país. Más rudo, infinitamente más sucio, más intolerable fue el comportamiento del poder, en un proceso electoral en el que millones de mexicanos cifraban sus esperanzas de cambio. Fox afectó los derechos de millones de votantes a los que, con su aparato propagandístico y el apoyo de organismos empresariales, puso a la hora de votar un revolver en la sien.

Dicen los magistrados que no puede medirse el efecto real de la campaña sucia del PAN, de la propaganda empresarial, de la intromisión presidencial en el proceso electoral. Qué estupidez. Qué cinismo. Peor aún si se considera que en la sentencia misma la considera actos violatorios de la ley. Hasta el más lerdo sabe el poder de la propaganda en las campañas políticas. Bastaba citar, como peritos, a estudiantes de primer año de comunicación, para que demostraran cómo la televisión es vital en la decisión final que toma el votante y que el miedo inhibe, de manera rotunda, la expresión de una voluntad de cambio. Más allá de la manipulación de actas y boletas es un hecho demostrable que el fraude se produjo antes de la votación.

Muchos celebran que el Ejecutivo, al irse a dar el Grito a Dolores Hidalgo, haya dado muestra de una hasta ahora inédita prudencia. Escatiman así el triunfo a quienes plantados en Reforma y el Zócalo impidieron a Fox, escudado en su popularidad, burlarse una vez más —y ahora desde el balcón central de Palacio— del país entero. Envalentonado como estaba, torvo e intolerante como ha demostrado ser desde que asumió el poder, Fox estaba dispuesto a todo para cumplir su capricho. No pudo. No lo dejaron. Lo derrotó esa gente que plantada, hace más de 40 días, ha demostrado que el coraje y la terquedad doblegan al poder. Se trata, es cierto, de impedir sólo un ritual simbólico, pero en la lucha social los símbolos pesan mucho. Así se construyen las victorias.

Con ese aliento vital entra el movimiento de resistencia civil pacífica a una nueva etapa. Ha sabido hasta ahora mantenerse al margen de las provocaciones y no se han producido actos violentos. La paz, el bien más sagrado, no corre peligro si este cauce se mantiene abierto y si la obcecación y la ceguera del poder no nos conducen antes al precipicio. López Obrador y su gente se han negado ha chocar con los cuerpos de seguridad. Hasta ese gesto que los honra es considerado por algunos como una derrota. ¿Qué quieren? ¿Sangre?

El discurso que alienta la realización de la Convención Nacional Democrática no promueve la violencia. Busca la transformación profunda de la República, es cierto, pero no incita a su destrucción, por el contrario; para mantenernos unidos es preciso saldar cuentas, sanar heridas. No hay cabida para el perdón y el olvido en materia tan grave como esta. No se puede silenciar la voz de 15 millones de mexicanos y pretender, como lo ha hecho el Tribunal, que aquí no ha pasado nada.

“Bienvenida sea —parafraseo a Ricardo Flores Magón— la convención; esa señal de vida, de vigor de un pueblo que está al borde del sepulcro”. Ojalá la imaginación, la creatividad permitan la creación de una nueva izquierda, de un amplio movimiento popular capaz de vencer y que no se alce, necesaria y fatalmente, sobre las ruinas del PRD sino que recupere lo mejor de su tradición de lucha y dignidad.

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