viernes, septiembre 08, 2006

RUBÉN MARTÍN: IMPOSICIÓN E INSUBORDINACIÓN
NOTA ORIGINAL PÚBLICO MILENIO

La imposición de Felipe Calderón Hinojosa como titular del Poder Ejecutivo no es el fin del conflicto postelectoral que atraviesa el país desde hace dos meses. Al contrario, lo agravará pues cada vez hay más indicios de la profundización de la crisis política que vive México. Para empezar, la primera fuerza electoral (el 35 por ciento del 60 por ciento que votó), no tiene plena legitimidad. La segunda fuerza electoral (35 por ciento, menos unas décimas) acusa a la primera de espuria, ilegítima y fraudulenta. En segundo lugar, la primera fuerza quiere expulsar del sistema electoral a la segunda, debido a que no dejaron que el presidente leyera su informe. En tercer lugar el final de los pasos del proceso electoral no terminó por dar certeza al país, al contrario. No se sabe qué pasará el 16 de septiembre, no se sabe el rumbo de la convocatoria lopezobradorista, no se sabe si Calderón podrá recibir la banda presidencial en la Cámara de Diputados el primero de diciembre. En resumen, no se sabe lo que ocurrirá en el país en los próximos meses.En cuarto lugar, hay un profundo cuestionamiento a todo el sistema político. Están en duda los procedimientos: las elecciones, las precampañas, la competencia del IFE, el conteo de votos, el excesivo costo de las campañas, la función de los partidos, el uso de la información, los informes de gobierno. Están en duda las instituciones: el presidencialismo, el IFE y los magistrados, los partidos, los medios. Todos los actores y sujetos de la política institucional han erosionado su imagen: López Obrador, Felipe Calderón, Vicente Fox, los empresarios y los periodistas. Todo esto dentro del juego electoral, pero hay que recordar que para 40 por ciento de la población, las elecciones ni siquiera fueron un referente. Por si hubiera dudas de esta crisis, hay que recordar los procesos de autonomía e insubordinación que se viven en Chiapas desde hace décadas y que ahora se han expresado de otro modo en Oaxaca, o de varias regiones del sureste en donde los gobiernos no ponen orden y diversos grupos enfrentan por sus propios medios la defensa de tierras, o bosques madereros frente a acaparadores y talamontes. En las zonas urbanas del país numerosos contingentes viven en la informalidad económica y en insubordinación política por la vía de los hechos, si ninguna convención democrática de por medio. Por eso no es casual que en el país se hable cada vez más de crisis política, crisis social insubordinación e incluso de revolución. En apenas pocos meses el país ideal de unas instituciones electorales confiables y de consolidación democrática se ha derrumbado por completo. Pero en lugar de discutir un cambio profundo del orden social y político mexicano, los políticos profesionales, los opinadores y académicos piensan de nuevo en otra tanda de reformas electorales cuando está demostrado que los cambios paulatinos que se ha hecho al orden electoral en el país han fracasado, especialmente cuando la izquierda electoral ha estado a punto de llegar al poder público. Desde esta perspectiva 1988 y 2006 no son procesos electorales totalmente diferentes como creen algunos. Son parte de un mismo periodo histórico en el país que tiene como telón de fondo el cambio del modelo de acumulación y del papel de México en la división internacional del trabajo.Los dueños del poder y del dinero cambiaron el pacto social que generó el desarrollismo mexicano y el modesto Estado de protección social, y en su lugar apostaron por la supeditación estratégica de México a Estados Unidos como vía para seguir manteniendo el poder, los políticos, y tasas rentables de beneficios, los empresarios. Después de 20 años de experimentos neoliberales, una buena parte de la población se ha dado cuenta de que las promesas de mejorar sus condiciones de vida no solo no se han hecho realidad sino que han empeorado. Las elecciones no hicieron más que expresar estos conflictos.El sistema electoral no representa al país social, ni lo representará. De ahí las muestras crecientes de insubordinación civil que aparecen en amplias capas de la población a lo largo del país. Los comicios de 2006 no trajeron la consolidación democrática, sino la evidencia de la profunda crisis por la que atravesamos. La imposición no hace sino agravar esta crisis. Pero la crisis no es necesariamente una mala noticia. Era necesario caer en cuenta de ella para asumir el reto de pensar un país distinto.

rmartin@publico.com.mx

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