martes, julio 21, 2009
lunes, julio 20, 2009
de SDP
¿En qué se usa el dinero de Oportunidades? y la petición de Ciro a Federico Berrueto
jueves, julio 16, 2009
El miedo en Los Pinos por el narco, los pleitos del PRI, y el plan de autos usados de Calderón
Y eso a Salinas, suponemos, no le hace gracia.
Cuánto envidia Cuauhtémoc a López Obrador
Cuauhtémoc Cárdenas es hijo de papi; Andrés Manuel López Obrador, no. Si Luis Donaldo Colosio viviera, diría que el primero es un producto de la cultura del privilegio, mientras que el segundo es el clásico representante de la cultura del esfuerzo.
Cuauhtémoc Cárdenas es un hombre poseedor de cuantiosos recursos económicos; Andrés Manuel López Obrador siempre ha vivido con sencillez. Es legendario el apartamento que Cárdenas tiene o tuvo -para el caso es lo mismo- en París, Francia; es admirable la modestia del apartamento de López Obrador ubicado al sur de la Ciudad de México.
Cuauhtémoc Cárdenas, por lo que hizo en 2006, pasará a la historia como un traidor a la democracia, ya que cuando pudo contribuir a la campaña de AMLO, se negó a hacerlo; Andrés Manuel López Obrador, en cambio, se ha ganado ya un lugar en la historia como un líder social absolutamente vertical.
Cuauhtémoc Cárdenas heredó lo más destacado que posee: la gloriosa historia de su padre que el hijo, en los últimos años, no ha sabido plenamente honrar; Andrés Manuel López Obrador ha conseguido, con su esfuerzo, lo que es: el político más importante de México, el único dirigente capaz de cambiar el rumbo del país que aceleradamente marcha a la ruina.
Se entiende, sin duda, que Cuauhtémoc Cárdenas envidie a Andrés Manuel López Obrador. Está claro el motivo, entonces, que ha llevado al primero a pedir que el segundo sea expulsado del PRD.
Supongamos que sus compañeros de partido le hicieran caso al resentido Cuauhtémoc Cárdenas. ¿Qué pasaría si la burocracia perredista echara a Andrés Manuel López Obrador del Partido de la Revolución Democrática? Algo muy sencillo: las bases, y no pocos de los cuadros principales, se alejarían de ese instituto político, que quedaría reducido a nada, un simple cascarón vacío.
Porque López Obrador, con o sin el PRD, probablemente va a ser el candidato de millones de mexicanos en las elecciones presidenciales de 2012. Si fuera el caso, no me imagino a ningún perredista atreviéndose a participar en esos comicios teniendo como rival a AMLO. Ni Marcelo Ebrard ni Amalia García están tan locos como para intentarlo o al menos considerarlo como una posibilidad. ¿Se atreverá a desempeñar ese papel el junior del junior, es decir, Lázaro Cárdenas, hijo favorito de Cuauhtémoc? Si Lázaro quiere quedar en ridículo, que lo haga. Muy su gusto.miércoles, julio 15, 2009
de SDP
Calderón, replantea tu estrategia o ríndete antes de que sea demasiado tarde
Mucha gente me va a criticar por lo que a continuación voy a decir. Pero es lo que pienso. Admito que puedo estar equivocado, desde luego. Y, para anticipar objeciones, aclararé que no mueve la cobardía, sino el sentido común.
En mi opinión, el gobierno mexicano debe abandonar cuanto antes la guerra contra el narcotráfico tal como la ha llevado hasta el momento. Para replantear su estrategia. Porque lo realizado en este terreno desde el arranque del sexenio de Felipe Calderón simplemente no ha funcionado.
Hablo de rendición, sí, por más desagradable que esta palabra suene.
Busqué en internet para saber si existe algo parecido al arte de la rendición. Encontré una sola referencia.
María José (así, a secas, sin apellidos) escribió en un blog que está convencida de que ese arte existe: "Conocer, o más bien reconocer, el límite antes de traspasarlo es, además de arte, pura supervivencia. Rendirse es cuestión de vida o muerte a veces. Admitir que las fuerzas fallan, reconocer que no se es invencible, puede producir una paz absoluta".
María José habla de ese modo por causa de algún problema emocional o sentimental, pero sus palabras son perfectamente aplicables a la actual situación mexicana: reconocer el límite antes de traspasarlo es, además de arte, pura supervivencia.
Calderón, por desgracia, está a punto de traspasar ese límite.
Creo que el segundo gobierno panista, que ya no tiene fuerza, debe rendirse. Ha perdido su guerra contra el narcotráfico. Antes de que los carteles de las drogas se transformen en verdaderos ejércitos -algo que cada día parece más cercano- debe buscar otra manera de combatirlos.
El uso de la violencia legítima que es capaz de aplicar el gobierno contra el crimen organizado, ha fracasado indudablemente.
Las fuerzas armadas mexicanas, pese a su eficiencia y a su buena reputación, han ganado no pocas batallas a las bandas de proveedores y distribuidores de drogas ilegales, pero empiezan a perder lo más importante en un conflicto bélico: la ofensiva.
De atacantes, los soldados y los policías han pasado a ser atacados, de perseguidores han pasado a ser perseguidos. Las recientes batallas de Michoacán hablan con claridad de que está haciendo falta una retirada estratégica. Insisto, antes de que los comerciantes de estupefacientes, que cuentan con bases sociales en numerosos lugares del país, dejen de considerarse a sí mismos simples vendedores que se han visto obligados a defenderse, para empezar a sentirse como un poder militar tan grande y con la misma estructura logística que el del Estado.
¿Cómo podría el gobierno mexicano retirarse de esa insensata guerra? No será sencillo. Pero tal estrategia debe partir del reconocimiento de que Calderón se equivocó al combatir tan frontalmente al narcotráfico.
Lo único que ahora está claro es que si no se replantea la forma en que se ha intentado acabar con el comercio ilegal de drogas, en México podría haber una guerra civil en forma.
Ya casi la hay, si no por otra cosa, porque en los últimos dos años han sido miles las bajas en los enfrentamientos de todos los días, en todo el territorio nacional, entre los agentes del gobierno y los sicarios de la mafia.
Lo peor, tristemente, es que estamos a unos cuantos meses de que se celebre el centenario de la Revolución.
¿Lo peor? Pues sí. Como dice un amigo cada vez que hablamos del tema, Pancho Villa, antes de convertirse en un revolucionario bendecido por los apóstoles del sufragio efectivo, era alguien que actuaba al margen de la ley; no un narcotraficante porque en 1909 este oficio no estaba de moda, pero sí un bandolero que actuaba con la misma ferocidad que hoy muestran los integrantes de los Zetas o de la Familia.
Y el Centauro del Norte, desde luego, tenía el mismo origen social que tienen prácticamente todos los matones actuales del narco: la pobreza, esa maldición que no ha desaparecido en México y que agobia en este 2009 a muchos más mexicanos que en 1909.

