Crítica a Carlos Ramírez:
sobre AMLO y el Pensamiento Alicia
Ismael Carvallo Robledo
En este texto preparado –sobre todo– para el público mexicano, el autor refuta al periodista Carlos Ramírez, quien, en su columna Indicador Político del 23 de agosto pasado, intentó, con desfigurado resultado, desarrollar una crítica a Andrés Manuel López Obrador y al PRD, apoyándose en la lectura tergiversada que del libro Zapatero y el pensamiento Alicia, de Gustavo Bueno, le fue dado hacer
Con sorpresa e inmediata decepción, el 23 de agosto pasado leí por recomendación de un amigo la correspondiente columna de Carlos Ramírez, en Indicador Político, con la que, bajo el título «AMLO y el pensamiento Alicia», buscó desarrollar una crítica a Andrés Manuel López Obrador y al PRD según los postulados también críticos que el filósofo de Oviedo España, Gustavo Bueno, despliega en su tan interesante como profundo tratado de crítica filosófico política titulado Zapatero y el pensamiento Alicia. Un presidente en el país de las maravillas, editado en 2006, en Madrid, España, por la editorial Temas de Hoy.
La sorpresa se activó al constatar que Ramírez se haya topado con la obra de tan contundente filósofo. La decepción se fue perfilando al tiempo de leer el artículo, porque, a juicio nuestro, Ramírez no se enteró en absoluto de lo que el libro que tenía entre manos busca en su crítica dialéctica y, lo peor de todo, es que, desde esa rotunda confusión y desde lo que podríamos denominar como un obtuso oportunismo intelectual, buscó servirse de lo que logró entender, según lo poco que leyó del libro, para, a su vez, proyectarlo sobre la coyuntura presente y arremeter contra AMLO.
Con el libro en las manos, corroboro que, según lo que podemos ver en el artículo en cuestión, Ramírez, por lo menos para apuntalar su artículo «de opinión» (y aquí sí que se abre paso con luminosa claridad el apotegma platónico según el cual «el que sabe, no opina»), tan solo ha leído la introducción y el final del libro de Bueno, acaso por falta de tiempo. Las citas que utiliza gratuitamente para desplegar su crítica a AMLO están en las páginas 10, 12 y 13 de la Introducción (Definición del Pensamiento Alicia), y de la página 349 y la 350 del Final (El «Pensamiento Alicia» se vuelve de mala fe). Olímpicamente omite los once capítulos que conforman el cuerpo del libro de Bueno (de 367 páginas) y donde está la materia central de su trabajo de trituración y criba dialéctica de temas como los que siguen: Sobre la Alianza de las Civilizaciones (capítulo 1), sobre el diálogo (capítulo 3), sobre la memoria histórica (capítulo 7), sobre el pluralismo cultural (capítulo 8), sobre la democracia (capítulo 10) y sobre el humanismo (capítulo 11).
Temas todos ellos, entre otros, que, en efecto, están siendo tratados e instrumentalizados ideológicamente por el PSOE que gobierna España en estos momentos, por boca de su dirigente «socialista», José Luís Rodríguez Zapatero, de un modo simplista, armonista, «dialogante» e infantil. En la página 18, por ejemplo, Bueno consigna el hecho de que Alfonso Guerra, el segundo de abordo durante el gobierno de Felipe González, al constatar el contenido político de un discurso que casi en su totalidad es pueril, por decir lo menos, llamó en su momento al jefe del gobierno español Bambi.
Gustavo Bueno (Santo Domingo la Calzada, La Rioja, España, 1924, radicado desde hace años en Oviedo), es, según nuestra óptica, uno de los filósofos más importantes que en occidente ha habido durante la segunda mitad del siglo XX. Su corpus filosófico se ha venido desarrollando durante los últimos treinta años, y es el núcleo teórico de su sistema, el materialismo filosófico. La escuela que en torno a su obra se ha organizado es la denominada Escuela de Oviedo.
A juicio nuestro, lo que hace Gustavo Bueno en el libro del Pensamiento Alicia y tantos otros (El mito de la izquierda, El mito de la Cultura, La vuelta a la caverna, Panfleto contra la democracia realmente existente), es una crítica materialista y realista, dialéctica, al armonismo dialogante y al formalismo idealista de la socialdemocracia europea de nuestro tiempo (en especial la española), es decir, tras la caída de la Unión Soviética, en consonancia directa con la crítica que Marx y Engels desarrollaron en su tiempo contra los ultra-idealistas hegelianos (Stirner y los Bauer) en La sagrada familia y La ideología alemana.
Un pensador Alicia no es aquél que, según la desafortunada y simplista interpretación de Ramírez –quien no hizo otra cosa que un forzado ajuste ad hoc de manual de ramplonería–, orillado por el resentimiento psicológico «construye un mundo aparte», «no debate», se queda «detrás del espejo», se «sale de los cauces institucionales» y se convierte tan sólo en «un inofensivo e ineficaz grupo de presión», como AMLO y el PRD, según Carlos Ramírez, quien no tuvo la suficiente perspicacia para enterarse de que el libro de Bueno no toma como punto de referencia a un grupo de presión «fuera del sistema», como según quiere nuestro analista interpretar a AMLO y al PRD, sino al mismísimo Jefe de Gobierno Español «en funciones», y a su partido, el PSOE. Es decir, que lo que define la clave del pensamiento Alicia no es tanto que se esté dentro o fuera de alguna forma institucional, sino el contenido filosófico e ideológico material de ese pensamiento, sea ya de un grupo de presión, de un partido político en el gobierno, del Secretario General de la ONU o de Felipe Calderón, cuando, en alguno de sus fútiles discursos, y siempre con una obtusa sonrisa optimista y permanente, dice estupideces del tipo «queremos un México ganador» (una perla del pensamiento Alicia, por ejemplo).
No, el pensamiento Alicia es un pensamiento idealista, formalista, armonista y no dialéctico, alineado en España con el socialismo blando, no materialista y no marxista, de Julián Sanz del Río y el krausismo español, capaz de proclamar, como lo hizo Zapatero en la Asamblea de la ONU, que una Alianza de las Civilizaciones es posible, sin pararse a analizar la complejidad filosófica, histórica y geopolítica que ello implica, con tal de ir a la contra, como de inmediato se dedujo, del Choque de Civilizaciones de Samuel P. Huntington.
El pensamiento Alicia es el de la sonrisa permanente (en muchos políticos de hoy, y no es el caso de AMLO ciertamente, la sonrisa permanente y optimista es su rasgo distintivo, los que se consideran de «izquierda moderna», por ejemplo, son feliz muestra de ello) y el que tiene soluciones optimistas, fáciles y siempre armónicas para cualquier cosa; todo es cuestión de tener una «actitud» dialogante, ética, institucional y democrática, planteándolo todo en abstracto, formalmente: se trate ya del calentamiento global, del diálogo democrático, de la guerra, de la equidad de género, de los derechos de los simios (ya hay iniciativa del PSOE español en el congreso al respecto, cosa que Bueno critica sin piedad en su libro), de un fraude electoral, de la ecología o del pluralismo cultural. Para el pensador Alicia todo problema político tiene una única e implacable solución: el Diálogo Democrático y la actitud tolerante y sonriente para entender «los argumentos del otro», dentro, siempre y claro está, de los cauces institucionales de esta «nuestra joven democracia». El pensador Alicia, en definitiva, se comporta como si estuviera en un kinder explicándole a los infantes, con una sonrisa inane y tolerante, qué es la política. Se trata de la tierna e ingenua niña Alicia en el País de las Maravillas que les dice a los niños que en política no hay enemigos, sólo «adversarios democráticos».
En general, Andrés Manuel López Obrador no nos parece un pensador Alicia. Su conducta política tiene una factura dialéctica y crítica, realista, no ingenua ni armonista. AMLO ha llamado las cosas por su nombre y no deja de apuntar a lo que, desde sus coordenadas, «son los puntos de referencia inexcusables en la crítica del mundo real» (Bueno, página 11), y ha asumido los costos de todo tipo que esto implica. Un hecho político es histórico sólo en la medida en que se abre paso, con tal contundencia, que la senda pasada en cuya ruta está inscrito se ilumina por su través confiriéndole su más pleno y verdadero sentido. La ruptura política que Andrés Manuel López Obrador ha producido, sólo puede ser entendida cuando se observa insertada en el despliegue de contradicciones materiales que, durante los últimos 25 ó 30 años, ha determinado la lucha por el poder del Estado mexicano. Una pugna dibujada a esa escala, desborda de todo punto las consideraciones que puedan suscitarse en torno de los aspectos propios de la «capitalización electoral», y no se resuelve con sonrisas democráticas ni con diálogos institucionales, porque, desde un punto de vista materialista, el problema no es tanto la institución en cuanto forma, sino el contenido material, histórico político en nuestro caso, de esa institución.
Carlos Ramírez encontró la punta de un hilo que conduce a una compleja, nutrida y consistente madeja crítica, pero al tirar de ella, acaso por precipitarse, el hilo se rompió de inmediato y se quedó sin entender nada. La decepción aumenta en proporción directa al hecho de que, en su tiempo, Indicador Político era considerado por quien esto escribe como un referente crítico importante. En esta ocasión, lo que leí no fue otra cosa que el artículo de un astuto y experimentado sicofante.









